Secuencia de tratamiento en reflexología podal

Los seres humanos habitamos tres dimensiones incluso en nuestra locomoción. Debido a la existencia de articulaciones cuando mantenemos nuestra postura original erguida, los movimientos deben ser fluidos y sinuosos en lugar de rígidos y restringidos. Sin embargo no siempre tenemos la posibilidad de efectuar los movimiento de forma armónica, en determinados momentos tenemos que recurrir a efectuar movimientos de forma bidimensional y restringida, perdiendo la fluidez, los músculos quedan hiperextendidos y mal alineados y la coordinación dinámica entre cada parte queda bloqueada. Esto sucede tanto en las grandes articulaciones como en las pequeñas.

 

Por todo esto, las manos del terapeuta deben colocarse adecuadamente manteniendo los pies en todo momento en una posición natural, distendida y relajada, sin hiperextender los músculos y sin fijar rígidamente las articulaciones.

 

El terapeuta debe envolver con sus manos el pie del paciente. Al actuar sobre la planta del pie los dedos sostienen el dorso del pie y viceversa.

 

El pulgar del terapeuta es el dedo más importante durante el tratamiento debido a su mayor fuerza y a que tiene un radio de acción y de movimiento desde la articulación de su base bastante superior a los demás dedos.

 

El gesto de coger el pie tiene dos fases. La iniciación de la fase activa no se produce en la periferia, en cada dedo actuante, sino en el centro de la mano que, irradiando energía, guía y sostiene cada uno de los dedos. El pulgar también pasa de su posición preparatoria relajada a aplicar una presión firme y ondulante hacia el interior de los tejidos, donde, a base de fuerza e intensidad consigue una mayor flexión de las articulaciones. Tras ese instante de intensidad máxima, el pulgar emerge pasivamente de entre los tejidos hasta mantener apenas contacto con la piel en un gesto flojo y relajado.

 

Alternando continuamente estas fases activas y pasivas se procede a cubrir toda la superficie de la piel, milímetro a milímetro dando lugar a un ritmo ondulante y a una distribución fluida de energía en los tejidos doloridos de los pies.

 

El movimiento de la mano se dirige siempre hacia delante sin perder nunca el contacto con la piel durante la secuencia de presión. Cuando se intenta dirigir el movimiento hacia atrás los gestos resultan torpes e inarticulados. En cambio tiene una importancia secundaria que se aplique el tratamiento de una zona refleja de izquierda a derecha o desde los dedos hacia el talón. La manipulación más conveniente vendrá determinada por el estado del tono tisular.

 

La secuencia del movimiento de presión puede potenciarse en dos sentidos, según se varíe:

 

  • El tiempo de trabajo
  • El ritmo
  • La intensidad, que depende de la cantidad de energía empleada

 

Esto permite al profesional escoger entre cuatro variantes:

 

  • Lenta y pausada
  • Rápida e ininterrumpida
  • Suave y ágil
  • Fuerte y estimulante

 

No existe ninguna norma fija para determinar cuál debe ser la intensidad y cuál el gasto de energía en un tratamiento determinado. No hay dos personas que reaccionen igual y una misma persona puede reaccionar de manera diferente ante el mismo estímulo si se alteran sus circunstancias externas e internas. En general se establecerá el umbral de dolor individual del receptor y, solo entonces, cuando el dolor disminuye y se hace soportable, se puede empezar a devolver la normalidad al tejido.

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